lunes, 18 de julio de 2011

Diario: Nro. 47 - 18 de julio de 2011


Música

Penetra suavemente, río de aire con volados y movimientos de manos con castañuelas, y tules que me envuelven por dentro, membranas sobre mis órganos transformándose en poesía. Cuánta espera se termina con tu roce de blandura tocándome la tráquea como dedos en la piel del cuello, cuánto pulmón estalla y no, cuánto cuerpo dentro de los oídos donde chorrea tu líquida florescencia hacia gargantas entregadas como la tierra a la lluvia. ¿Y no sos mi carne? Sí, sos mi carne y mi médula, mi pobreza inhumana, torso abierto de par en par donde, sin embargo, no puede verse tu murmullo de amor cosido apasionadamente a los labios de los epitelios. Mi estatura de precipicio a fin, mi única dolorosa inanición de ausencia, mis ojos cerrados para retenerte como la memoria a lo que ya no es aunque poseas el corazón de mis pupilas; eso sos, y una humedad de pestañas que recolectan mis manos cuando se han cansado de sostener mi frente de piedra.

18-07-2011

sábado, 28 de mayo de 2011

Diario: Nro. 46 - 25 y 26 de mayo 2011


No estoy, y extraño una textura de constar en algún territorio que guarda un puñado de campo para mí; este instante carece de memorias y alumbra vacilaciones dentro del paraíso de la nada. Perderme es una costumbre cuya mano me arranca como a un telón que cuelga desde el borde de la garganta y cae arrugándose en el suelo. Abro una puerta desconocida, y respiro esas voluntades pesadas de cobardía, amables de desencuentro, peligrosas de hallazgos que nadie busca para no descubrir la obesidad de lo que no es. No estoy, y existo como la pintura que impregna la pared grumosa y verde; hace frío, hace quietud, hace pulmones que juegan a crecer como el mar. No estoy es la respuesta al olor lacio del espejo a cuyas preguntas temo más que al vaivén de los barcos de arena. Y segrego el único amor, vapor de deshielo sobre el pelaje oceánico de todas las cosas.


25 y 26 de mayo 2011

Poema 110


espectarnos, como recolectando colores de frutas sobre la mesa
insonora que pende del tiempo abierto, ese
que tus manos vivas saludan como lienzos bandereando
al cielo; ese
que me mira inocentemente con sus ojos de instantes, con sus párpados
de intervalos con un olor a llovizna pequeña de abril;

espectarnos, y ser manjares que no conocen las bocas de los rostros
exploradores de sabores habitantes sólo de las miradas,
y ser paisajes que siempre fueron y ahora vuelven a ser otros bajo
las luces de otros, amaneciendo, renaciendo tan perfectamente,
tan extraordinariamente,
que el tiempo mismo, abierto como una ocasión, espira el secreto de su
perfume.


3-4-2011

martes, 29 de marzo de 2011

Poema 107

En la humedad de paredes gentiles de sombras
encuentro pueblos cuyas puertas parecen alas que tocan,
ciegamente, naturalmente,
al silencio;
y no duele la lluvia dentro de sus bordes rectangulares,
no duele,
porque su aire de vaivén tierno sabe cómo abrazar esa desmesura que,
como un manto de temores,
pende del cielo parpadeante hasta mojarme
las manos.


28-11-10

Poema 105

Vuelta adonde están, perdidas, las razones
de tanto origen,
y por debajo del velo que cubre la plena luz
una migaja de sentido parece recuperar el habla, diciendo
con esa voz gastada, casi desconocida, casi hermana,
que nada concluye si los pasos se suceden
aun cansados
dentro del aire sediento de caminos


22-11-10

domingo, 23 de enero de 2011

Diario: Nro. 45 - 31-12-10


Aquí y Ahora

Para los que creemos que sólo existe el presente, el año que empieza es una abstracción, un artificio de la mente, una ilusión de días por nacer. El pasado es un collage de vivencias que anidan en algunas neuronas, es un rumbo marcado por la experiencia, unos pasos que nos llevan hacia un lugar y no a otro, una manera de sentir y de mirar que nos moldeó la vida. El futuro es un sueño, esperanzas, deseos, planes, cosas que pensamos que van a suceder, sucesos que no sabemos si tendrán lugar, acontecimientos que ansiamos que ocurran... Ni uno ni otro existen; sencillamente no son, porque lo único que verdaderamente es es el ahora.
Para todos los que lean esto, mi anhelo, ahora, es que vivan cada momento presente con total plenitud, abrazando las vicisitudes con las que la vida nos muestra quiénes somos realmente y qué fuerzas de perseverancia, de cambio o de aceptación alojamos, muchas veces sin saberlo, en nuestro interior; que puedan reconocer y sentir, en este presente incesante, la profunda fortaleza de todo ser, la libertad inseparable del espíritu, el amor como énfasis existencial, la paz absoluta que reposa debajo de todo ánimo y la alegría de ser en este segundo infinito, de ser un pedacito humano de un mundo devastadoramente hermoso y plural, de estar vivos Aquí y Ahora.



Diario: Nro. 44 - 24-12-10


Celebración

Familia y turrón. Y vitel thoné, matambre de mamá, piononos y panes dulces también de mamá, porque si no qué otros podrían ser tan ricos. 4 chicos, seis padres, mamá y yo, y las diferencias religiosas que no interfieren con un amor siempre verde, como el plástico que envuelve, desflecado, las ramas de alambre del arbolito.
Yo no creo en la navidad, ni en dios. Creo en el amor, en la energía vital que llevamos adentro y que nos hace pertenecer a este universo asombroso, a este mundo bellísimo que nos resiste, generosa y tozudamente, las agresiones y tanta indolencia. Somos parte de la vida, somos hermanos del cielo y de las flores, somos el olor de la tierra y el color de los bosques. El sol somos. Y el oxígeno que nos penetra la tráquea hasta ese otro árbol, el de los bronquios. Y la rica sangre que nos baña las células de pensar, de tocar, de sentir, de ser. Esa es nuestra inmensidad, el océano que nos moja las orillas anatómicas, los recodos donde se funden las neuronas y el espíritu, y nos hace seres que se entrelazan con otros seres más allá de las manos y los ojos. Esa es mi celebración.



Diario: Nro. 43 - 19-12-10


No siempre lo que aparece cuando esperamos algo es lo que estábamos esperando. A veces pensamos que, como lo esperábamos tanto, tiene que ser eso que ahora se nos presenta casi mágicamente, porque se parece, porque lo vemos parecido, porque presentimos que lo es, porque por qué otra razón acaso se nos aparecería así… Pero puede no ser “eso” tantas veces pensado y pacientemente aguardado; puede ser otra cosa: una decepción que lleve al comienzo de una nueva búsqueda, un misterio subyugante para descifrar al mismo tiempo que descubrimos la paciencia, una sorpresa inesperada atada a una sonrisa, un camino oculto hacia otros entre otros, una palabra que estaba perdida, unos ojos desconocidos en un rostro extraño, un desierto, un vergel.


Diario: Nro. 42 - 07-11-10


Vivencias que moja el tiempo

Decidí que hoy era el día para ver el dvd Cantora, de Mercedes Sosa, que mi hermana me regaló para mi cumpleaños en setiembre pasado. Tomé de la mesada la porción de torta de ricota que compré en el supermercado, empuñé ansiosamente mi cucharita, y le di play al dvd en la compu (yo no tengo tv ni reproductor de dvd), haciendo fluir la música y las palabras por mis auriculares. Parecía un momento perfecto, de tranquilidad y alegría, porque la música para mí siempre es alegría. Y entonces… Me puse a llorar. Mercedes cantaba y hablaba y lloraba de emoción (“¡qué hermoso es cantar!”, decía), y yo no podía evitar acompañarla con mis propias lágrimas al tiempo que masticaba el bocado de torta. Sí, lloraba acongojada pero la torta no la largaba. Llanto, pañuelo, bocado, bocado mojado, mejillas con arroyitos, pañuelo manto húmedo... ¿Síndrome premenstrual? No, y estoy segura porque todavía me faltan unos días, aunque los síntomas se puede decir que son exactos. ¿Será la edad? ¿Será cierto que pasan los años y uno se vuelve más sentimental? Tal vez sea eso, y si es así, pues que sea así, let it be, ¿no? Tengo cuarenta años recién cumplidos; ya estoy medio veterana, ya viví la mitad de mi vida (como verán seré veterana pero no pierdo mi optimismo; quizás los veteranos seamos más optimistas: hay que investigar esa teoría), y las cosas, los hechos, las canciones, las lecturas, las circunstancias, nada resuena igual adentro, en el pecho que le decimos, en ese lugar donde ubicamos caprichosamente al espíritu. También, en mi caso, y no sé si se podría generalizar, podría tratarse de un retroceso, de una suerte de involución. Porque cuando yo era chiquita, escuchaba música y lloraba. Sí, lloraba de emoción cuando lo oía a mi papá tocar la guitarra, lloraba cuando en la tele sonaba la canción del comienzo de ese programa infantil del Precámbrico llamado “El club de Hijitus”. Lloraba la nena… Pero, hablando en presente, no se trata de un llanto de tristeza, sino de emoción. La pucha, escribo esto y se me llenan los ojos de lágrimas y ¡ni siquiera estoy escuchando música! Sí, que no es síndrome premenstrual dije ya. Actualmente, a esta edad, las palabras, la música, despiertan ecos de muchos tiempos apresados amorosamente en las circunvoluciones cerebrales que posee, ama y señora, la memoria. Allí están mi papá, mis amores, mis dolores, todos mis momentos y también las canciones y músicas que los hilvanaron; recuerdos que capturaron mis ojos, mis oídos, mis manos, y también mi nariz y las papilas gustativas de mi lengua. Rememoro perfectamente el olor de un lápiz labial de mi abuela, que he podido detectar, perdido entre muchos, en algún puesto de sahumerios; y el momento es increíble, porque una se confunde y no sabe si huele con la nariz del pasado o con la del presente. Sé racionalmente que la nariz es una sola, pero convengamos que ciertos olores y perfumes corresponden al presente, y que esos efluvios del pasado hacen que uno pueda imaginarse que, por un ratito, viajó en el tiempo, o que uno está en el presente y lo que viajó en el tiempo es el mundo circundante. Y así pasa, o me pasa, con los otros sentidos.
Pero yo no creo que se trate de una involución, un retroceso al pasado, esto de emocionarme. Creo, y es más, debo asumirlo, que se trata del paso del tiempo. Escuchar la letra de una canción de amor no es lo mismo a los diecisiete que a los cuarenta; a los diecisiete mi ignorancia de lo que es el amor era inversamente proporcional a lo que creía que sabía acerca de él. ¡Cómo lloraba! “Pero esta mujer siempre sufre”, van a pensar. Bueno, a los diecisiete, dieciocho, diecinueve, me enamoré y tuve un par de tristezas. Pero luego también me enamoré y fui feliz, ¡imagínense que hasta me casé! Después me divorcié y ahí volví a llorar. Se ve que lo mío es así, alternancias de risas y llantos, como la vida; y no lo digo yo, eh, ya lo decía William Blake: “Man was made for joy and woe, and when this we rightly know, through the world we safely go” (el hombre fue hecho para la alegría y el pesar, y cuando verdaderamente comprendemos esto, vamos confiados por el mundo).
Pero, volviendo al tema y a Mercedes Sosa, el llanto arrancó con la letra de una canción de amor, indudablemente una poesía. Y yo lloraba no sé por qué: por la dulzura de la letra, por la emoción de Mercedes… Ahora, pensándolo con mayor detenimiento, creo que lloraba porque comprendía perfectamente de qué hablaba; es decir, podía comprender cabalmente qué decía, a qué se refería, porque cada palabra, cada frase, encontraba su correlatividad en alguna de mis neuronas-baúles de remembranzas; cada palabra me hablaba de algún saber-por-haber-vivido, desataba el eco que guardan mis paredes de amor, de ternura, llenas de grafitis y besos y abrazos y poemas y palabras y pensamientos y tantas otras cosas que otros dibujaron indeleblemente en mí a través de los años. Vivo, luego comprendo, luego me emociono y lloro; deformando a Descartes.
Esa es, acaso, la explicación: una secuencia que se inicia con una canción que golpea como un gong a la memoria, y desata furiosamente una vibración de llanto que sólo poseen y saborean, con o sin torta de ricota, los que algo, a través de los años, han vivido.


6-11-10

Diario: Nro. 41 - 31-10-10


Me gustaría que me escribieran una canción de amor. O un poema. O una carta.
Una vez me escribieron una carta, pero no vale porque la había pedido yo como regalo de cumpleaños. Sí, cuando el otro es magro de palabras, no queda otra opción que solicitarlas, y esto no está mal, al contrario, forma parte del proceso de comunicación entre las personas. La carta vino, y en ella él me decía por primera vez “te amo”. Suena romántico, y lo fue, pero (casi siempre hay un pero) también tengamos en cuenta que salía con esa persona desde hacía un año y cuatro meses, que ya nos habíamos ido de vacaciones juntos, y que, en definitiva, la carta se la pedí yo… O sea, hubo mucha espera, y un poquito de desesperación de mi parte también, porque decir “te amo” y que no te contesten no es una experiencia agradable. Además convengamos que el “te quiero” lo decimos todos, total hay tantas maneras de querer. ¿Acaso no escribimos “tqm” en montones de mails y mensajes de texto diariamente a muchas personas? Decirle “te quiero” a una pareja no resulta algo especial en estos tiempos en que se lo decimos a todo el mundo porque está de moda. El “te amo” cuesta más, y, dada la demora en algunos casos, y la ausencia total en otros, podría suponerse que la pronunciación de los vocablos en cuestión genera cierto dolor. Bueno, todos sabemos que amar puede doler. Uno es más vulnerable, se abre, se despoja de las máscaras, de las corazas, de las brillantes armaduras, tira las valvas de ostra por la ventana y se torna blando como un molusco, frágil como una víscera. Y todo se siente más, exacerbación de los sentimientos que se cubren de una piel saturada de terminales nerviosas, exquisitamente hipersensible. Lo que normalmente es caricia, se transforma en voluptuosidad, lo que generalmente es roce se convierte en ardor. Así el amor es extremos, es inconsciencia, es sensación de necesidad, es alegría porque sí, porque el verde es más verde y porque tus ojos cuando me miran tienen el mismo marrón de los troncos de los árboles.
Volviendo a mi caso y a mi carta, las palabras de amor en ella fueron una sorpresa. Yo no pedí una carta de amor, sólo pedí una carta. Él no era una persona muy expresiva y a mí me producía una curiosidad infernal saber qué palabras era yo para él, o mejor dicho, qué palabras elegirían sus sentimientos hacia mí para darme forma en su mente, para hacerme realidad legible, casi palpable. Porque, cuando uno no dice nada sobre lo que siente, para la otra persona es como si no sintiera nada. ¿Cómo dicen? “Si se cae un árbol en el bosque y nadie lo escucha, ¿sucedió?” Algo así. Y así llegó el “te amo” un año y cuatro meses después del primer beso. Este hecho genera preguntas de cierta índole en una virginiana como yo. ¿Seré poco “amable”? ¿Será que no soy una persona tan querible, y que lleva bastante tiempo desarrollar una pasión amorosa por mí? ¿Será que “mi otro” sufrió mucho por amor y entonces decir nuevamente las palabras mágicas era todo un desafío para él? O qué será, qué será, parafraseando a Chico Buarque.
Siguiendo con la historia, “mi otro” era músico. Sí, debo reconocer que tengo cierta debilidad por ese ghetto, especialmente los guitarristas (mi papá era profesor de guitarra, así que ahí tienen mi Edipo manifestándose a pleno), pero la verdad es que, a la luz de las circunstancias y después de trabar conocimiento con algunos ejemplares de esa especie, decididamente tengo que cambiar de rubro; los guitarristas no son para mí. Pero bueno, me enamoré de él, y tal vez haya sido mi gran amor: el tiempo dirá. Lo cierto es que, amándonos y toda la cosa, nunca me escribió un tema. Ojo, lo menciono como un hecho, sin el menor rencor; si no surgió, no surgió, y eso no significa que me amara menos. Pero yo no podía dejar de pensar en Rubina, la mujer de Joe Satriani, a quién él le dedicó “Always with me, always with you”; en Anne, la esposa de Robben Ford, quien le ha escrito varias canciones; en David Coverdale, que no es guitarrista pero es cantante y virginiano, y su “Is this love?” escrita para Tawny Kitaen, y les confieso que deseaba tan secreta como fervorosamente ser aceptada en el panteón de las musas inspiradoras de los músicos… Pero no fue así la historia, y me quedé con las ganas.
Será que yo soy tan diferente… Cuando me enamoro florezco, soy borbotones de palabras, soy erupción de poemas de amor. Sí, yo sí he tenido varios “musos”. No tuve historias de amor con todos, pero hay por lo menos siete personas que me han inspirado y a las que les he escrito poemas. No, no todos están informados de esa circunstancia. En general me da mucho placer mostrárselos a la persona en cuestión, ofrendárselos, pero no siempre lo he hecho. Hay quienes no saben que ese poema que están leyendo fue concebido para ellos; hay quienes conocen uno de los varios poemas que les escribí; hay quien conoce todos lo poemas que mi amor inquieto por él produjo. ¿Reacciones? Uff, de todo. El que me dijo “gracias” y nada más (¿lo pueden creer?), el que con sus ojos bajos me demostró su emoción sin decir nada, el que me miró a los ojos después de leerlo y me hizo sentir desnuda, avergonzada, pudorosa, tan endemoniadamente viva. Manifestarle un sentimiento a otro es, en mi humilde opinión, una de las experiencias más extremas, ansiadas, temibles e imponentes que podemos vivir en la vida; nada te hace sentir más presente, más vivo, más humano, más vulnerable, más fuerte. Entonces, ¿me puedo quejar de algo por ser la que ofrenda y puede sentir todo eso, y no la que recibe la canción, el poema, la carta? No. Todo lo que me ha sido dado por el sólo hecho de escribir, expresar y dar es tan maravilloso, que no me perdonaría refunfuñar. Sólo digo que tal vez, alguna vez, me gustaría saber qué se siente estar del otro lado, del lado del rostro con ojos abiertos y estupefactos, con la inhalación suspendida por la sorpresa de la ofrenda espontánea, fresca como la primavera, dulce como la miel de las abejas.



Diario: Nro. 40 - 17-10-10


Día de mamá

No vuelvas tarde, llamáme cuando llegues, te vas a enfermar porque comés poco, te espero con marroquitos de chocolate, cuándo venís, acordáte de que tenés una madre, hija desalmada, por dios tené cuidado esa zona es fea… Frases y mensajes de texto de mamá. Mamá que vive sola y espera saber de sus hijos todo el tiempo. “No me controles, vos no sos mi marido”, me enojo, a veces, ante su impaciente insistencia. “Basta mamá, tengo 40 años, me sé cuidar sola”. Y mamá de 77 años me mira con sus antiguos ingenuos ojos, y a veces me dice vos te creés que no te va a pasar nada, pero las cosas le pasan cualquiera, y otras veces mi cara cansada de advertencias y recomendaciones le hace tragar el resto de la ristra de peligros de los que me quiere proteger.
Mamá imperiosa. Mamá amante del arte y de los libros, que nos hizo amantes del arte y/o de los libros. Mamá cocinera de empanadas riquísimas, jugosísimas, de matambres tiernos, de pascualinas y salsas procesadas porque “Lorena si no no lo come”. Mamá víctima de todos, pero más de ella misma, porque da lo que no tiene, porque el dolor forma parte de su vida desde la polio pueril; mamá la renga, la que se queja siempre de los dolores insoportables en la columna, los hombros, los pies: ellos le guardan las cicatrices de operaciones, injertos de huesos, fracturas.
Mamá vivaz, mamá sombría, mamá cantando, mamá omnipotente, mamá miedosa, mamá de manos a veces temblorosas, mamá “¿querés un té de madre?”, mamá dependiente “yo no puedo”, mamá caos de cosas que no se encuentran, mamá fanática de las películas de Patti Duke, de Duro de Matar, de La novicia rebelde, mamá enamorada de Sean Connery…
Mamá es todo eso y más, pero apenas pensarla en estos párrafos defectuosos e insuficientes me humedece de amor el rostro, y entonces sólo sé que no puedo decir más, que las palabras sobran y no alcanzan, y que necesito verla con mi regalo mínimo mientras la trillada frase “feliz día, mamá” se hace sonido.



domingo, 12 de diciembre de 2010

Zapatería 3 - 2009


Cabeza cuasi rapada, voluminosa, la mujer miraba la vidriera. Se me ocurrió tontamente decir, como un chiste absurdo, que parecía una skin head, porque en verdad por su edad y por su aspecto no lo parecía.
Entró. Muy amablemente solicitó probarse unos cuantos modelos de sandalias, advirtiendo que “tengo los pies muy anchos” como para orientarnos. Realmente tenía unos pies excepcionalmente amplios, gruesos y largos, así que fui asumiendo la idea de que sería un poco complicado encontrar algún zapato que siquiera le entrase.
Ningún modelo casi le permitía avanzar el pie más allá de unos centímetros. Las ojotas con la mariposa, ni hablar, es un modelo para pies angostos. La que tiene la florcita en plateado, número cuarenta, se reservaba el derecho de admisión ante las desmesuradas plantas, mientras la mujer expresaba su satisfacción: el modelo le gustaba. “No importa, las llevo a un zapatero que me hace cualquier arreglo. Las corto acá en el medio y les pongo un cordón”. Siguió probándose y sus pies siguieron desbordando capelladas y ella continuaba sin hacerse problema. “Lo que pasa es que la quimioterapia me… “ . Al oír la palabra sentí la súbita rigidez que me imprimía mi sorpresa. Ella seguía probándose zapatos. “Quiero ponerme linda para las fiestas”. Se me llenaron los ojos de lágrimas y traté de sonreírle y disimular. Por eso la cabeza desnudaba tanta redondez. Ella hablaba del hospital donde hacía el tratamiento, se probaba uno y otro par, elegía regalos para otros; el zapato que no le entraba no le importaba porque lo haría arreglar, así que lo llevaba igual. Como un dardo me alcanzó su vitalidad, con una fuerza enorme como su humanidad.


2009

lunes, 29 de noviembre de 2010

Poema 104


En todas partes, como el agua de todo lo que es
y no pide más que testigos,
en cada pared y sus roturas de miel para las raíces de las
semillas que vuelan como moscas,
en este camino de baldosas que conduce a la distancia más hermosa
que jamás me haya rodeado;

en sitios desconocidos que recorremos embadurnados de ceguera,
allí,
soñando despertares que ignoran las horas vulgares del tiempo,
yace entre frescuras la presencia



16-11-10

sábado, 30 de octubre de 2010

Poema 102


Tu perfume de incienso con manos que van y vienen
como las aguas que la luna estremece secretamente para desperezarse;
ese olor de tu ojos que no puede verse ni probarse aunque mis pies
rozaran los confines;
la obstinación de tu garganta, tu lengua, tus labios, tus cejas,
cuando engendran, desde la pulpa de tu frente,
una llamarada de palabras;

sólo sujeto, como una tela apenas dócil, la certeza de poseer la pregunta madre
de lo poco que sé sobre tu extraño paisaje


8-09-10

viernes, 20 de agosto de 2010

Diario: Nro. 39 - 15-07-10


Mi rostro

¿Quién puede apreciar su tosquedad, su desmesura? Una cara de esfera que se hace rígida en las curvas de los ángulos redondos de la mandíbula. La nariz potente, de burda punta roma, herencia de ambos padres que sobresalen para siempre en mi fisonomía alegremente agreste.
Mis ojos son muy ojos, marcadamente ojos, locuaces como el marrón de la tierra húmeda. Hablan sin intención, sin deseo, sin palabras, pero con una lengua de pupilas que entienden las pupilas charlatanas. Lo sé porque he saboreado diálogos mojados y silenciosos.
Luego un descanso de piel y asoma la boca. Guarda las proporciones con el resto de las partes de este semblante áspero: es femeninamente voluminosa, y sus bordes se recortan con una dureza rústica de piedra rojiza. Hay un secreto que esconden los labios robustos: cada vez que sonrío, unas curvas antojadizas como pinceladas dibujan en mi cara una máscara de mueca apenas grotesca, apenas armoniosa. No me gustan mis sonrisas; sin embargo, su aroma de pan tibio me acaricia los pómulos.
Frente pequeña sin desafíos que descansa sobre cejas tenaces y populosas, marco modesto de este cuadro con nombre que soy sin elección, sin rechazo, sin entusiasmo, sin abandono, íntima y extraña a la vez.


15/7/2010

Poema 95


¿El amor está hecho?
Y entonces, ¿dónde están sus ojos?
Cerca están sus manos, hermanas de estas manos que alguna vez ofrendaron
obcecadas danzas sin trascendencia;
y en lo alto, unos labios arqueados como lo profundo cuando brota cristalino,
salado, dulce,
idéntico al fruto espeluznante, ese residuo manifiesto
de las bóvedas que devienen ventanas desplegadas
que engendran unos ojos que atraviesan el aire.

21-4-10

Diario: Nro. 38 - 19-04-10


Medio rivotril, un risperdal de baja dosis y un fernet cargado. Nada amengua la desorientación, la sensación de estar perdida que sentía antes del cóctel. ¿Por qué este mundo a mí? ¿Por qué yo aquí? Ni una luz, ni un camino, ni una palabra sincera, ni una esperanza. Palabras, palabras, palabras. ¿Qué son? ¿Cuántos significados pueden poseer? Y se dicen sin parar, sin importar cómo ni dónde ni a quién. ¿Es acaso tan sencillo ser cálido porque sí? ¿O me equivoco y porque sí no es porque sí sino porque se obtiene algo a cambio? Eso parece siempre, y cómo creerle a nadie. Pero las ansias superan a la razón, el vacío y la falta de dulzura se incrustan en los ojos y nos muestran un oasis falso en el desierto. No le creas al vergel, no les creas a sus palmeras, ni a sus espejos de agua; sólo son la proyección de tu ansia, el espejo de tu sed, un jarabe que elaboran tus neuronas solas en su noche intracraneal.
“Qué hermosa que sos”, me dijo el chico por la calle, y su mentira me dolió por sentirme huérfana, tal vez como él, diciendo lo primero que se le ocurre a la primera mujer que le presenta la cuadra vacía. Mierda, cómo me dolió. ¿Por qué estamos tan solos? ¿Por qué decimos palabras que no tienen sentido, que no tienen contenido? ¿Por qué las ultrajamos de sus significados, las usamos, las descartamos como a prostitutas a quienes no consideramos personas sino bolsas grises de consorcio? “Te quiero-me encantás-nos vemos”. Y esperamos el beso con la boca deformada y los labios agrietados de sequía. No vas a venir, no nos vamos a ver, no sé qué querés de mí, no sé qué quisiste decirme con las palabras que usaste, no sé nada. No creo más en las palabras, porque su condición posmoderna de comodín las torna mentiras. Sí quiero creer en una mirada, en unos ojos que no pueden mentir, en los tubos invisibles que desagotan algo que realmente significa algo dentro del iris, de la pupila, y que hace que las cejas se contraigan, se alcen, dancen con la piel de los párpados, y que las comisuras expresen más que vocales y consonantes mientras las mejillas alternan entre la gordura y la flaccidez del código espontáneo, inescondible, vergonzosamente explícito y desnudo de la epidermis de un simple rostro.

19-4-10

domingo, 1 de agosto de 2010

Poema 94

¿Y si todo fuera tan extraño como
su imagen?
Un gris sin rostro volviéndose agua
una tarde creyéndose libre en el desparpajo desnudo del balcón
un insecto cargado de perseverancias
el rincón donde se secan los restos de las voces húmedas y
sus luciérnagas…
Antes de que se apague el olor de los buenos días y sus
hermosas cortinas manchadas de sombras frescas como de barro,
otra vez el silencio se abrirá, como un párpado adormecido,
en la mirada ajena que toca todas las cosas.

14-4-10

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Diario: Nro. 38 - 01-06-09



Que no me mire, por favor, que no me mire; que siga de largo al pasar junto a mí, que me ignore como al viento de los transeúntes que lo ignoran con sus telas veloces, lentas, ásperas. Pero que no me mire, por favor, porque entonces sus párpados acapararán mis ojos en sus cuencas; sabrá que puede apropiarse de mi mirada gemela, y entonces me veré a mí misma desde abajo mirándolo hacia abajo, y su dulce tristeza reconocerá mi desamparo en cada una de sus patas, esas que lo llevan a ninguna parte como una armazón vergonzosa de su insuficiencia de carne y de caricias, tan tangible sobre mi lomo sucio, sobre su espalda debajo de mi abrigo que parece ignorarlo mientras lo azota su viento de paño de pasos apurados (¿míos, suyos?), hacia una nueva vereda donde nadie nos espera.

L.F., El perro


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viernes, 29 de mayo de 2009

Diario: Nro. 37 - 07-05-09


Esta es mi tumba. La calle de todas las noches y todas las tardes, pero tan diferente: la de la noche encierra el secreto de mi vida y de mi muerte, y es el asfalto quien me confiesa como un sacerdote al que le miro los ojos tan cerca de los míos como si pudiera tocarlos, apoyando mi mano contra su negrura tan cerca de mis manos tan cerca de mí como el aire que parte de mí y me llama viva. Y sé que si doy un paso podría besarle los labios agrietados y poceados mientras las ruedas ciegas e inocentes caen en mi trampa de triturarme las costillas. Pero miro la luz verde y ya no juego a morir, juego a vivir. Cruzo, camino, no miro, tengo miedo, quiero llegar al lecho que no es más mi cama en mi no casa, pero todo parece y sigo moviendo las fichas. Estoy sin lugar, sin ser.
“Hola, ya llegué”, para que no se preocupe la única persona que me ama como nadie. Cambio la voz, porque también me conoce de una manera en que no me conoce nadie. Y tengo que calentar los restos de la comida que me preparó hace diez días porque se puede pudrir y los alimentos no se tiran; no tengo hambre pero voy a comer igual, porque además hace dos días que no como mis semillas, de lino, de chía, de sésamo, y lo ideal para llevar una vida saludable es ingerirlas diariamente. Así que caliento dos rodajas del pan de carne y les agrego sal y cucharaditas de semillas. Piedad para ese pedazo de carne picada relleno de jamón y roquefort, piedad, porque tirarlo sería un crimen, dejar que se pudra sería un crimen y me sentiría culpable de no haber hecho lo correcto. Y los frascos me provocan, porque no cierran bien en mis manos temblorosas, y me quiero lastimar pero mientras pienso que sería mejor tragar la cena aunque me cueste y me caiga mal por culpa del llanto. Luego lavo todo, para que mañana todo esté seco y pueda guardarse y yo esté nuevamente lista para ofrecerme a las veredas, al puente, a las hojas secas, al tren que pasa junto a la casa pobre que tiene un techo hermoso, fecundo de lilas, el más sublime y amable y generoso de un barrio que padece de rictus de cactus. Yo te saludo sin detenerme porque debo perderme sin demoras entre callecitas de escenografía abandonadas en el sol; me lleva de la mano la rutina porque me esperan los candados que abro todos los días, los vidrios que tienen huellas de dedos y narices y pegotes en sus caras lisas, la escoba, los pisos, los guantes de goma para que no se arruinen las manos al escurrir el trapo de piso, el mate dulce, la sonrisa inexplicable, la cortesía inevitable, el buen humor anudado al resorte del misterio que nadie quiere descubrir, tal vez porque buscar y encontrar el vacío de un dolor resulte una pérdida de tiempo para la mayoría de las personas. Los instantes son kilómetros de máscara, escudo y silencios.


7 -5-09