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domingo, 12 de diciembre de 2010

Zapatería 3 - 2009


Cabeza cuasi rapada, voluminosa, la mujer miraba la vidriera. Se me ocurrió tontamente decir, como un chiste absurdo, que parecía una skin head, porque en verdad por su edad y por su aspecto no lo parecía.
Entró. Muy amablemente solicitó probarse unos cuantos modelos de sandalias, advirtiendo que “tengo los pies muy anchos” como para orientarnos. Realmente tenía unos pies excepcionalmente amplios, gruesos y largos, así que fui asumiendo la idea de que sería un poco complicado encontrar algún zapato que siquiera le entrase.
Ningún modelo casi le permitía avanzar el pie más allá de unos centímetros. Las ojotas con la mariposa, ni hablar, es un modelo para pies angostos. La que tiene la florcita en plateado, número cuarenta, se reservaba el derecho de admisión ante las desmesuradas plantas, mientras la mujer expresaba su satisfacción: el modelo le gustaba. “No importa, las llevo a un zapatero que me hace cualquier arreglo. Las corto acá en el medio y les pongo un cordón”. Siguió probándose y sus pies siguieron desbordando capelladas y ella continuaba sin hacerse problema. “Lo que pasa es que la quimioterapia me… “ . Al oír la palabra sentí la súbita rigidez que me imprimía mi sorpresa. Ella seguía probándose zapatos. “Quiero ponerme linda para las fiestas”. Se me llenaron los ojos de lágrimas y traté de sonreírle y disimular. Por eso la cabeza desnudaba tanta redondez. Ella hablaba del hospital donde hacía el tratamiento, se probaba uno y otro par, elegía regalos para otros; el zapato que no le entraba no le importaba porque lo haría arreglar, así que lo llevaba igual. Como un dardo me alcanzó su vitalidad, con una fuerza enorme como su humanidad.


2009

sábado, 25 de octubre de 2008

Zapatería 2 - Portero eléctrico - 29-09-08


Hoy volvía del negocio, escuchando música como siempre, cuando de pronto observé que una señora me hablaba señalándome un papel. Me saqué el auricular de uno de los oídos para poder escucharla. Me mostró la hoja, que tenía anotada una dirección ubicada en la calle en la que nos encontrábamos. Noté que estábamos en la puerta del edificio que correspondía a la dirección del papel.
“Señorita, ¿me enseña cómo se usa esto?”, me dijo indicándome el portero eléctrico. Confieso que me asombré ante su candor, ante esa pureza desconocedora de un instrumento que pertenece a una modernidad paradójicamente arcaica. Le mostré cómo tocar el timbre: “1ro. D – leí - : primero el uno y luego nos deslizamos a través de la hilera de letras hasta llegar a la D”. La señora sonrió al apropiarse de la sencillez del procedimiento. Yo también sonreí. La situación era encantadora. Estábamos fuera del tiempo ella y yo, la alumna añosa de mirada inocente, la maestra insospechada y accidental y una clase insólita que trastocaba los roles dentro de los roles y me enseñaba a mí que la sencillez puede ser deliciosamente sorprendente.

29-09-08







lunes, 20 de octubre de 2008

Zapatería 1 - setiembre 2008


La nena rubia señalaba la vidriera mientras le hablaba a su abuela. Parecía sonreír al tiempo que su dedito indicaba algún zapato que quizás le gustaba. Tendría unos dos o tres años.
Entraron. La abuela pidió un modelo de guillermina de tela de los nuevos, con florcitas rosas y brillos. A las nenas les encantan los brillos y el rosa. Le traje el número y la nena rubia comenzó a llorar desconsoladamente. Qué cosa rara. Yo no quería insistir con la prueba del calzado a riesgo de parecer una torturadora, pero la abuela actuaba normalmente, como si no pasara nada, y en ningún momento se detuvo en su intento, que consumó con éxito, de colocarle el pie dentro del zapatito. La nena lloraba y lloraba acongojada moviendo su cabeza de un lado a otro en rotunda negación, mientras me mostraba la zapatilla que le había quitado la abuela para poder llevar a cabo el incomprensible martirio.
Me acerqué a ella y le pregunté si quería otra cosa. Le dije si me quería acompañar a la vidriera para mostrarme lo que a ella le gustaba. Me miraba sin comprenderme a través de los borbotones de lágrimas, y no dejaba de mostrar su vieja zapatilla, la que había traído puesta. Finalmente la abuela decidió llevar el par tan dolorosamente probado. La señora se acercó para pagar y comenzó a hablar. “Es que mi hijo se separó, y me dejaron la nena por unos días. Anoche él no vino a dormir. Él está viviendo conmigo.” Qué edad tiene su hijo, le pregunté. “26”. Entonces volví a mirar a la criatura y comprendí lo que ella no comprendía. Vi que su mundo se venía abajo, que sus padres, su seguridad, su hogar, ya no estaban. Y entendí que ella no quería nada nuevo, porque no quería que nada cambiara; ella quería sus zapatillas de siempre, su mamá y papá de siempre, su casa de siempre, su vida de siempre. Debe ser terrible sentirse así, no comprender porqué sucede algo que uno no quiere que suceda y ni siquiera imaginó que podría suceder, no saber cómo pensarlo, cómo expresarlo, cómo cambiarlo, cómo hacer para que termine, como cuando uno abre los ojos y se acaban las pesadillas, como cuando prendemos la luz y se disipan las figuras amenazantes de que se disfraza la sombra. Y yo me sentí tan lejos y a la vez tan cerca de ella, sentí ganas de abrazarla para darle una seguridad y un afecto que ella no necesita de mí, porque lo que ella necesita yo no podría dárselo aunque quisiera. Así que solamente la miré en silencio mientras sentía dentro de mí su misma impotencia.


29-09-08